Me desperté sobresaltado: estaba a punto de hacerle el amor a aquella chica que repartía los papelitos de la discoteca en la calle… Presione el snooze y recordé el día anterior sumergido en una ligera ensoñación.
Ella me había preguntado si tenía frío, al verme caminar con pantalones cortos en pleno invierno; yo de idiota le respondí que no, que venía de jugar fútbol, y seguí caminando... Durante el resto del trayecto a mi casa no pude dejar de pensar en ella, mientras me moría de frío. Era hermosa, alemana o algo así. No hablaba muy bien el español, sin embargo, su pregunta había sonado como la melodía más dulce del mundo, y recordar su sonrisa me resultaba casi masoquista. ¿Por qué había seguido de largo?
Momentos antes había estado sentado en una banca, a dos grados bajo cero, observando a unos chicos locales jugar fútbol. Mi cuerpo helado temblaba del frío y de rabia. Una rabia que se había creado en mi interior después de haberle pedido permiso a los chicos para jugar en el equipo que tenía uno menos...
- No tío, estamos practicando – me contestaron de forma unánime; ni siquiera lo pensaron.
El equipo que tenía uno menos estaba siendo mutilado, totalmente destrozado a merced del otro, ante la desigualdad de condiciones en las que se encontraban. Pero ni aún así me invitaban a jugar... Sus miradas simplemente me evadían; yo no era uno de ellos…
Estuve a punto de meterme a destrozarles el balón y acabar así con el juego. Pero justo en el climax de mi desprecio hacia ellos, mi rabia se convirtió en tristeza, y pensé: ¿Acaso no nos molestan los indigentes que se nos piden una moneda, muertos de frío en una banca, mientas nosotros seguimos jugando e ignoramos su presencia?... En este mundo no todos encajamos.
Cerré los ojos por completo, mientras esperaba el fin del ciclo del snooze, y logré invocar a la alemana que repartía los papelitos en la calle. “No tienes frío?”, me preguntó. “No si tú me abrazas...”, contesté yo.
Ella me había preguntado si tenía frío, al verme caminar con pantalones cortos en pleno invierno; yo de idiota le respondí que no, que venía de jugar fútbol, y seguí caminando... Durante el resto del trayecto a mi casa no pude dejar de pensar en ella, mientras me moría de frío. Era hermosa, alemana o algo así. No hablaba muy bien el español, sin embargo, su pregunta había sonado como la melodía más dulce del mundo, y recordar su sonrisa me resultaba casi masoquista. ¿Por qué había seguido de largo?
Momentos antes había estado sentado en una banca, a dos grados bajo cero, observando a unos chicos locales jugar fútbol. Mi cuerpo helado temblaba del frío y de rabia. Una rabia que se había creado en mi interior después de haberle pedido permiso a los chicos para jugar en el equipo que tenía uno menos...
- No tío, estamos practicando – me contestaron de forma unánime; ni siquiera lo pensaron.
El equipo que tenía uno menos estaba siendo mutilado, totalmente destrozado a merced del otro, ante la desigualdad de condiciones en las que se encontraban. Pero ni aún así me invitaban a jugar... Sus miradas simplemente me evadían; yo no era uno de ellos…
Estuve a punto de meterme a destrozarles el balón y acabar así con el juego. Pero justo en el climax de mi desprecio hacia ellos, mi rabia se convirtió en tristeza, y pensé: ¿Acaso no nos molestan los indigentes que se nos piden una moneda, muertos de frío en una banca, mientas nosotros seguimos jugando e ignoramos su presencia?... En este mundo no todos encajamos.
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Cerré los ojos por completo, mientras esperaba el fin del ciclo del snooze, y logré invocar a la alemana que repartía los papelitos en la calle. “No tienes frío?”, me preguntó. “No si tú me abrazas...”, contesté yo.
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