Karla titubeó al entrar en la discoteca...
- ¿Qué te pasa mi amor? – le preguntó Lucas al verla notablemente intranquila.
- Nada, nada – contestó Karla sonriendo – me mareé un segundo, eso fue todo.
Pero no se había mareado; era mentira. Karla sabía que aquella noche su ex novio “ay dios mío” Richard, iba a estar ahí. Ya le habían informado anteriormente sus amigas, había regresado de Colombia y la quería ver. Nunca había dejado de pensar en ella, y al parecer, de una manera casi inconsciente ella tampoco.
“Soy masoquista” pensó Karla, pero daba igual, ¿acaso alguien en el mundo no lo era?; conocía bien a Lucas y su personalidad de hombre celoso cuando había que serlo. Después de todo, sus oídos nunca habían estado sordos a la fama que Karla “la rejera” arrastraba como una cruz consigo y que había inspirado tantas anécdotas divertidas en sus tiempos. Y aunque aquellos tiempos hubiesen desvanecido de la faz de la Tierra, como una fruta podrida biodegradable, el constante recordatorio del temor seguía punzando a Lucas en cada momento que su mente se debilitaba.
- ¿Pero ya te sientes bien? – insistió Lucas
- Sí, muy bien mi puchi puchi – le reafirmó Karla de la forma más cursi posible. Cursi pero necesaria y reconfortante incluso para aquel hombre fornido.
Una vez dentro de la nube de humo que envolvía a la discoteca, esta si disipó y Karla notó la presencia de Richard en la esquina; estaba con sus amigos, pero seguía igual que siempre. Habían pasado unos dos años, pero era él, incluso se le notaba más sereno, más tranquilo, más confiado... Sus fuentes también le habían informado que Karla estaría ahí esa noche y se había puesto como objetivo hablarle, tan solo hablarle, y decirle todos los pensamientos que habían inundado su mente a lo largo de aquellos interminables dos años sin verla.
La noche avanzaba al igual que los tragos: Lucas mantenía el brazo fuerte alrededor de la cintura de su mujer, casi por inercia debería decir, por qué nunca había visto a Richard. Había escuchado sobre él sin duda y las historias del “ay dios mío”, “aaayyy”, “virgen maría purísima” y demás parafernalia Richarezca; pero nunca su imagen le había sido revelada. Y él de lo más tranquilo cedió ante la incomodidad de ir al baño a vaciar la vejiga; sin saber que Richard a lo lejos acechaba a su presa...
-¿Ya no te acuerdas de mí? – dijo Richard una vez que Lucas se encontraba en el baño desatando su furia contra la naturaleza.
- Richard, por favor, estoy con mi novio – y soltó el brazo que Richard había agarrado con firmeza.
- Vine para quedarme – contestó Richard sacando fuerzas de su embriaguez provisional –, y vine por ti...
Karla no pudo evitar sonreír; quizás le había dado risa la frase, la ilusión de un Richard ebrio y confiado que nunca había conocido; pero no era eso del todo. No podía evitar sonreír al sentirse deseada por dos hombres que a su vez no le eran para nada indiferentes. Claro que quería a Lucas, y le quería mucho, pero es que en la vida hay momentos..., solo eso; momentos… Momentos en los que hay que tomar decisiones y ella lo sabía. Richard no esperó más y soltó un beso en los labios de Karla que ella permitió por tan solo medio segundo.
Dentro del cerebro de Lucas, que ya había retornado triunfal del baño, la relatividad de ese beso se había manifestad en milenios. Y como una bola de nieve que va agarrando fuerza, masa y velocidad a medida que desciende por la montaña; se abalanzó sobre Richard y lo agarró por el cuello...
Ante el tumulto de la gente cotilla, que rodeaba a la policía, mientras se llevaban a ambos chicos poseídos por un demonio interno que se regocijaba en un mar de alcohol, celos y posesión; Karla soltó un grito que pareció detener el tiempo:
- ¡Déjenlo! – gritó.
Y todas las miradas de los polis, de la gente, del mundo entero, y sobre todo de Lucas y Richard se posaron sobre ella. Karla miró a Lucas y luego a Richard; ambos con la misma inconfundible expresión en los ojos, que guardaban la misma pregunta para ella: “¿dejen a quién? ¿a cuál de los dos?”
Karla, absorta en sus pensamientos, enmudeció mirando al vacío perpleja mientras su mirada se perdía entre las luces de los coches policiales que se alejaban llevando consigo el ruido de sus sirenas y ambos chicos que ella amaba entre comillas.
Pero ella, con la espalda recta y los hombros erguidos, tan sólo dio media vuelta, entró a la discoteca y terminó su vodka tonic...
- ¿Qué te pasa mi amor? – le preguntó Lucas al verla notablemente intranquila.
- Nada, nada – contestó Karla sonriendo – me mareé un segundo, eso fue todo.
Pero no se había mareado; era mentira. Karla sabía que aquella noche su ex novio “ay dios mío” Richard, iba a estar ahí. Ya le habían informado anteriormente sus amigas, había regresado de Colombia y la quería ver. Nunca había dejado de pensar en ella, y al parecer, de una manera casi inconsciente ella tampoco.
“Soy masoquista” pensó Karla, pero daba igual, ¿acaso alguien en el mundo no lo era?; conocía bien a Lucas y su personalidad de hombre celoso cuando había que serlo. Después de todo, sus oídos nunca habían estado sordos a la fama que Karla “la rejera” arrastraba como una cruz consigo y que había inspirado tantas anécdotas divertidas en sus tiempos. Y aunque aquellos tiempos hubiesen desvanecido de la faz de la Tierra, como una fruta podrida biodegradable, el constante recordatorio del temor seguía punzando a Lucas en cada momento que su mente se debilitaba.
- ¿Pero ya te sientes bien? – insistió Lucas
- Sí, muy bien mi puchi puchi – le reafirmó Karla de la forma más cursi posible. Cursi pero necesaria y reconfortante incluso para aquel hombre fornido.
Una vez dentro de la nube de humo que envolvía a la discoteca, esta si disipó y Karla notó la presencia de Richard en la esquina; estaba con sus amigos, pero seguía igual que siempre. Habían pasado unos dos años, pero era él, incluso se le notaba más sereno, más tranquilo, más confiado... Sus fuentes también le habían informado que Karla estaría ahí esa noche y se había puesto como objetivo hablarle, tan solo hablarle, y decirle todos los pensamientos que habían inundado su mente a lo largo de aquellos interminables dos años sin verla.
La noche avanzaba al igual que los tragos: Lucas mantenía el brazo fuerte alrededor de la cintura de su mujer, casi por inercia debería decir, por qué nunca había visto a Richard. Había escuchado sobre él sin duda y las historias del “ay dios mío”, “aaayyy”, “virgen maría purísima” y demás parafernalia Richarezca; pero nunca su imagen le había sido revelada. Y él de lo más tranquilo cedió ante la incomodidad de ir al baño a vaciar la vejiga; sin saber que Richard a lo lejos acechaba a su presa...
-¿Ya no te acuerdas de mí? – dijo Richard una vez que Lucas se encontraba en el baño desatando su furia contra la naturaleza.
- Richard, por favor, estoy con mi novio – y soltó el brazo que Richard había agarrado con firmeza.
- Vine para quedarme – contestó Richard sacando fuerzas de su embriaguez provisional –, y vine por ti...
Karla no pudo evitar sonreír; quizás le había dado risa la frase, la ilusión de un Richard ebrio y confiado que nunca había conocido; pero no era eso del todo. No podía evitar sonreír al sentirse deseada por dos hombres que a su vez no le eran para nada indiferentes. Claro que quería a Lucas, y le quería mucho, pero es que en la vida hay momentos..., solo eso; momentos… Momentos en los que hay que tomar decisiones y ella lo sabía. Richard no esperó más y soltó un beso en los labios de Karla que ella permitió por tan solo medio segundo.
Dentro del cerebro de Lucas, que ya había retornado triunfal del baño, la relatividad de ese beso se había manifestad en milenios. Y como una bola de nieve que va agarrando fuerza, masa y velocidad a medida que desciende por la montaña; se abalanzó sobre Richard y lo agarró por el cuello...
Ante el tumulto de la gente cotilla, que rodeaba a la policía, mientras se llevaban a ambos chicos poseídos por un demonio interno que se regocijaba en un mar de alcohol, celos y posesión; Karla soltó un grito que pareció detener el tiempo:
- ¡Déjenlo! – gritó.
Y todas las miradas de los polis, de la gente, del mundo entero, y sobre todo de Lucas y Richard se posaron sobre ella. Karla miró a Lucas y luego a Richard; ambos con la misma inconfundible expresión en los ojos, que guardaban la misma pregunta para ella: “¿dejen a quién? ¿a cuál de los dos?”
Karla, absorta en sus pensamientos, enmudeció mirando al vacío perpleja mientras su mirada se perdía entre las luces de los coches policiales que se alejaban llevando consigo el ruido de sus sirenas y ambos chicos que ella amaba entre comillas.
Pero ella, con la espalda recta y los hombros erguidos, tan sólo dio media vuelta, entró a la discoteca y terminó su vodka tonic...
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